Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Mistress Gilbert estaba al tanto de que en varias ocasiones —por lo menos en dos— Gloria habÃa llegado incluso a decir que sÃ: una vez a Tudor Baird y otra a un tal Holcome, en Pasadena. Mistress Gilbert estaba segura porque —aquello no debÃa salir de la habitación— ella volvió a casa inesperadamente y se encontró a Gloria comportándose, bueno, como alguien que ya ha dado el sÃ. Mistress Gilbert no habÃa hablado con su hija, claro está. No le parecÃa del todo delicado y, además, estaba convencida en cada ocasión de que tardarÃan muy poco tiempo en anunciar públicamente su compromiso. Pero el anuncio nunca llegaba a producirse; lo que llegaba, en cambio, era un muchacho distinto.
¡Escenas! ¡Jóvenes paseándose por la biblioteca como tigres enjaulados! ¡Jóvenes lanzándose miradas feroces en el vestÃbulo cuando uno llegaba y el otro se iba! ¡Jóvenes que seguÃan llamando por teléfono hasta que finalmente no quedaba otro remedio que colgar, interrumpiendo la comunicación! ¡Jóvenes que amenazaban con marcharse a Sudamérica…! ¡Jóvenes escribiendo las cartas más patéticas imaginables! (TÃa Catherine no dijo nada en este sentido, pero Dick imaginó que sus ojos se habÃan posado sobre algunas de aquellas cartas).