Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Y despuĂ©s de disfrutar de todo ello con una vanidad que era casi masculina —habĂa tenido todas las caracterĂsticas de una deslumbrante carrera llena de triunfos—, el interĂ©s de Gloria se transformĂł repentinamente en estĂ©tico, apartándose del mundo. Ella, que habĂa sido la figura central en incontables fiestas, que se habĂa deslizado llena de fragancia por innumerables salones de baile recogiendo el delicado tributo de tantos ojos, daba la impresiĂłn de haber perdido por completo el interĂ©s. A los que ahora se enamoraban de ella los despedĂa sin contemplaciones, casi enfadada. SalĂa sin oponer resistencia con los hombres más insignificantes. RompĂa compromisos continuamente, no como en el pasado, debido a un sereno convencimiento de que no podĂa hacĂ©rsele ningĂşn reproche, de que el hombre al que insultaba volverĂa a ella como un animal domĂ©stico, sino indiferentemente, sin desprecio ni orgullo. Raras veces se enfadaba con sus admiradores: se limitaba a bostezar en su presencia. A su madre le parecĂa —y era algo muy extraño— que se estaba convirtiendo en una mujer frĂa.