Hermosos y malditos
Hermosos y malditos En cierto sentido el pasado de Gloria era una vieja historia para él. Lo había seguido con ojos de periodista, porque estaba decidido a escribir un libro sobre ella algún día. Pero en el momento presente su interés era exclusivamente familiar. Quería saber, específicamente, quién era aquel Joseph Bloeckman que había visto acompañando a Gloria en varias ocasiones; y aquellas dos muchachas que iban siempre con ella, «una tal» Rachel Jerryl y «cierta» miss Kane: ¡estaba claro que miss Kane no era de las personas que a uno se le ocurriría asociar con Gloria!
Pero el momento había pasado. Mistress Gilbert, después de ascender la colina de las confidencias, se disponía a deslizarse cuesta abajo a toda prisa por el trampolín del derrumbamiento. Sus ojos eran como un cielo azul visto a través de dos redondos marcos de ventana pintados de rojo. Le temblaba la boca.
Y en aquel momento se abrió la puerta, dando paso a Gloria y a las dos jóvenes recientemente mencionadas.
—¡Vaya!
—¿Qué tal está usted, mistress Gilbert?
Miss Kane y miss Jerryl son presentadas a Mr. Richard Caramel.
—Este es Dick (risas).
—He oído hablar muchísimo de usted —dice miss Kane, entre una risita y un grito.
