Hermosos y malditos

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Geraldine Burke, la acomodadora de Keith’s, le había servido de distracción durante varios meses. Geraldine pedía tan poco que Anthony estaba encantado con ella; y es que el joven Patch, desde que, a raíz de un lamentable flirteo con una chica de la buena sociedad el verano anterior, había descubierto que después de media docena de besos se consideraba de rigor una proposición matrimonial, se mostraba muy cauteloso con las chicas de su misma clase. No costaba ningún trabajo contemplar con ojo crítico sus imperfecciones: algún defecto en su apariencia física o una falta generalizada de delicadeza personal; pero a una acomodadora de Keith’s era posible verla con una actitud diferente. Al propio criado se le pueden tolerar peculiaridades que serían imperdonables en un simple conocido de nuestra misma clase social.

Geraldine, acurrucada al pie del sofá, contemplaba a Anthony con ojos sesgados, apenas entreabiertos.

—Bebes todo el tiempo, ¿no es verdad? —dijo de repente.

—Bueno, supongo que sí —replicó Anthony, un tanto sorprendido—. ¿Tú no?

—Ni hablar. Voy a fiestas algunas veces, ya sabes, cosa de una vez a la semana, pero solo tomo dos o tres copas. Tú y tus amigos bebéis todo el tiempo. Juraría que te estás echando a perder la salud.

Anthony se sintió un tanto conmovido.


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