Hermosos y malditos

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—Mi querida Geraldine —protestó Anthony, frunciendo el entrecejo burlonamente—, haz el favor de tomarte otro cóctel. Le resulto molesto. Si fumo un cigarrillo, entra en la habitación arrugando la nariz. Es beato, pelma y algo hipócrita. Probablemente no te diría esto si no me hubiese bebido unas cuantas copas, pero no creo que tenga importancia.

El interés de Geraldine era muy tenaz. Sostenía la copa —que aún no había tocado— entre el índice y el pulgar mientras contemplaba a Anthony con ojos vagamente reverentes.

—¿Por qué lo llamas hipócrita?

—Bueno —dijo Anthony con tono impaciente—, quizá no lo sea. Pero no le gustan las cosas que a mí me gustan, y por lo tanto, en lo que a mí se refiere, es una persona sin interés.

—¡Hummm! —Su curiosidad parecía finalmente satisfecha. Geraldine se hundió en el sofá y bebió un sorbo del cóctel.

—Eres un tipo curioso —comentó con aire pensativo—. ¿Todas las chicas se quieren casar contigo porque tienes un abuelo rico?

—No, pero no se lo echaría en cara si lo hicieran. De todas formas, no tengo intención de casarme.

Geraldine se burló de aquello.


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