Hermosos y malditos
Hermosos y malditos —Te enamorarás cualquier dÃa. Claro que sÃ… estoy segura —dijo, moviendo la cabeza con profunda sabidurÃa.
—SerÃa estúpido tener demasiada confianza en uno mismo. Eso es lo que acabó con el Chevalier O’Keefe.
—¿Quién era ese?
—Un ser inventado por mÃ. El Caballero es la más auténtica de mis creaciones.
—¡Loco de remate! —murmuró ella complacida, utilizando otra vez la tosca escala de cuerda con la que atravesaba todos los vacÃos y se colocaba a la altura de sus superiores en inteligencia.
Subconscientemente, Geraldine sentÃa que asà eliminaba distancias y ponÃa de nuevo a su alcance a la persona cuya imaginación se le escapaba.
—¡No! —protestó Anthony—, nada de eso, Geraldine. No tienes que jugar a ser la alienista del Caballero. Si no te sientes capaz de entenderlo, no lo traeré a tu presencia. Además, me sentirÃa un tanto incómodo debido a su lamentable reputación.
—Creo que estoy en condiciones de entender cualquier cosa que tenga sentido — contestó Geraldine, un tanto irritada.
—En ese caso, hay varios episodios en la vida del Caballero que pueden resultar entretenidos.
—¿Por ejemplo?