Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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—Ha sido su prematura desaparición lo que me ha hecho pensar en él como tema adecuado para esta conversación. Me desagrada presentarlo por el final, pero parece inevitable que el Caballero entre de espaldas en tu vida.

—Bueno, ¿qué pasa con él? ¿Es que murió?

—¡Ya lo creo que sí! Y de esta manera: era irlandés, Geraldine, un irlandés seminovelesco: del tipo bravío con acento de persona bien nacida y pelirrojo. Marchó al exilio en los últimos tiempos de la caballería y, por supuesto, fue a parar a Francia. Ahora bien, Geraldine, el Chevalier O’Keefe tenía, al igual que yo, una debilidad. Le impresionaban profundamente las mujeres de toda clase y condición. Además de sentimental, era romántico, vanidoso, un hombre de pasiones desatadas, que no veía bien con un ojo y estaba casi completamente ciego del otro. Así que un varón vagabundeando por el mundo en estas condiciones está tan indefenso como un león sin dientes, y, lógicamente, el Caballero sufrió muchísimo durante veinte años a manos de una serie de mujeres que lo odiaron, lo utilizaron, lo aburrieron, lo irritaron, lo enfermaron, se gastaron su dinero y lo pusieron en ridículo: en resumen, y para utilizar la expresión mundana, lo amaron apasionadamente.


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