Hermosos y malditos
Hermosos y malditos »Esto era un desastre, y como el Caballero, con la excepción de esta debilidad, de esta excesiva impresionabilidad, era un hombre con penetración, decidió librarse de una vez por todas de estas continuas sangrías a que se veía sometido. Con ese propósito se dirigió a un famosísimo monasterio de Champagne llamado… bueno, conocido, de manera anacrónica, con el nombre de San Voltaire. La regla de San Voltaire era que ningún monje descendiera jamás al piso bajo del monasterio y que se dedicara al rezo y a la contemplación en una de sus cuatro torres, que llevaban los nombres de los cuatro mandamientos de la regla monástica: Pobreza, Castidad, Obediencia y Silencio.
»Cuando llegó el día que iba a presenciar la despedida del mundo del Caballero, mi héroe se sentía completamente feliz. Regaló todos sus libros en griego a su patrona, y envió su espada con funda de oro al rey de Francia; en cuanto a sus recuerdos de Irlanda, se los dio al joven hugonote que vendía pescado en la calle donde él se hospedaba.
»Luego cabalgó hasta San Voltaire, mató a su caballo a la puerta del monasterio y entregó el cuerpo al cocinero.