Hermosos y malditos
Hermosos y malditos »Aquella noche a las cinco, el Caballero se sintió, por primera vez, libre del sexo para siempre. Ninguna mujer podÃa entrar en el monasterio, ni monje alguno bajar más allá del segundo piso. Asà que mientras subÃa la escalera de caracol que lo llevaba a su celda en lo más alto de la Torre de la Castidad, se detuvo un momento junto a una ventana abierta, quince metros por encima del camino que se extendÃa a sus pies. Era todo tan hermoso, pensó el Caballero; aquel mundo que estaba a punto de abandonar, la lluvia dorada del sol sobre las mieses, la mancha de árboles a lo lejos, los viñedos, tranquilos y verdeantes, avivando el paisaje en muchas millas a la redonda… El Caballero apoyó los codos en el alféizar de la ventana y contempló el camino que serpenteaba a sus pies.