Hermosos y malditos
Hermosos y malditos »Pero sucedió que en aquel momento, Thérèse, una campesina de dieciséis años de una aldea vecina, pasaba por el mismo camino a la altura del monasterio. Cinco minutos antes, el trozo de cinta que mantenía estirada una de sus medias se había gastado por completo, rompiéndose. Como era una muchacha extraordinariamente modesta, pensó en esperar hasta que llegara a su casa para reparar el desperfecto, pero le estaba resultando tan molesto que no pudo aguantarse por más tiempo. De manera que, cuando pasaba bajo la Torre de la Castidad, se detuvo y con un gesto gracioso se alzó la falda —lo menos posible, dicho sea en descargo suyo— para ajustarse la liga.
»En lo alto de la torre, el último llegado al antiguo monasterio de San Voltaire, como arrastrado hacia delante por una irresistible y gigantesca mano, se asomó a la ventana, y siguió asomándose cada vez más hasta que, repentinamente, uno de los sillares se aflojó bajo su peso, separándose de la argamasa con un sonido ahogado, y, primero la cabeza, luego patas arriba y finalmente en amplio y sobrecogedor remolino, el Chevalier O’Keefe se precipitó hacia la dura tierra y la condenación eterna.