Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Hasta los catorce años su diversión favorita fue su colección de sellos, que era enorme y todo lo exhaustiva que pueda serlo la colección de un niño: su abuelo creía tontamente que aprendía geografía con los sellos. De manera que Anthony mantenía correspondencia con media docena de compañías filatélicas, y raras veces el correo dejaba de traerle álbumes nuevos o paquetes de hojas llenas de colorido con las que únicamente tenía que quedarse si daba su aprobación. Había algo de misterioso en la fascinación con que, interminablemente, Anthony trasladaba sus adquisiciones de un álbum a otro. Los sellos eran su mayor fuente de felicidad, y cuando alguien le interrumpía cuando jugaba con ellos, le obsequiaba con un impaciente fruncimiento de entrecejo; los sellos devoraban su asignación mensual, y, por las noches, permanecía despierto en la cama, cavilando incansable sobre su diversidad y policromo esplendor.
A los dieciséis, Anthony había vivido casi por completo dentro de sí mismo, convertido en un muchacho apenas capaz de expresarse, nada americano, y lleno de cortés perplejidad ante sus contemporáneos; después de pasar dos años en Europa, su tutor insistió en que le convenía ir a Harvard. La universidad le «abriría puertas», resultaría un tremendo estimulante y le proporcionaría innumerables amigos devotos y dispuestos por él al autosacrificio. Anthony fue a Harvard: era la única cosa lógica que podía hacer.