Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Despreocupándose de las relaciones sociales vivió, durante una temporada, solo y sin que nadie fuera a verlo, en una de las habitaciones del piso alto de Beck Hall: un muchacho moreno y esbelto, de estatura media y con una boca que revelaba timidez y sensibilidad. Su asignación era más que generosa. Puso los cimientos de una biblioteca comprando a un bibliófilo errante primeras ediciones de Swinburne, Meredith y Hardy, y una amarillenta e ilegible carta autógrafa de Keats, para descubrir posteriormente que había pagado precios exorbitantes por aquellas reliquias. Anthony se transformó en un dandi exquisito, y reunió una colección más bien patética de pijamas de seda, batas de brocado y corbatas demasiado llamativas para ponérselas; con aquellas galas secretas se paseaba delante de un espejo en su habitación o se tumbaba junto a la ventana contemplando el patio, consciente apenas de aquel intenso clamor, del que, al parecer, a pesar de su proximidad, nunca llegaría a formar parte.