Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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Nunca se le ocurrió que él era tan solo una cosa pasiva, manejada por una influencia por encima y más allá de Gloria; que no era más que la placa sensible sobre la que se impresiona la fotografía. Algún fotógrafo gigantesco había enfocado a Gloria con la cámara y, ¡zas!, la pobre placa no podía hacer otra cosa que dejarse revelar, al estar limitada por su naturaleza, como todas las cosas.

Pero Anthony, tumbado en el sofá y contemplando la lámpara naranja, se pasaba incesantemente los dedos entre el pelo mientras inventaba nuevos símbolos para las diferentes horas. Gloria se hallaría en aquel momento en una tienda, moviéndose con gracia felina entre terciopelos y pieles, mientras, al andar, su propio vestido producía un airoso susurro en aquel mundo de susurros sedosos, tranquilas risas de soprano y perfumes de muchas flores asesinadas pero todavía vivas. Las Minnies, Pearls, Jewels y Jennies se reunirían a su alrededor como cortesanas, trayéndole livianas insignificancias de delicado crespón de seda, gasas sutiles que sirvieran de eco a sus mejillas con suaves colores al pastel, lechosos encajes que descansaran en pálido desorden sobre su cuello: en aquellos días el damasco solo se utilizaba para cubrir sacerdotes y divanes, y solo los poetas románticos recordaban los tejidos de Samarcanda.


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