Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Al cabo de un rato se iría a algún otro sitio, ladeando la cabeza de cien maneras distintas bajo cien sombreros, buscando en vano las cerezas artificiales que hicieran juego con sus labios, o plumas con tanto donaire como su propio cuerpo flexible.
Llegarían las doce del mediodía —Gloria apresurada por la Quinta Avenida, Ganimedes nórdico, su abrigo de pieles balanceándose elegante al ritmo de sus pasos, las mejillas enrojecidas por un toque del pincel del viento, su aliento deliciosa neblina en el aire vigorizante—, las puertas del Ritz girarían sobre sí mismas, la multitud se dividiría, y cincuenta ojos masculinos se sobresaltarían y mirarían fijamente, mientras Gloria devolvía sus sueños olvidados a los esposos de muchas cómicas mujeres obesas.
La una en punto. Tenedor en mano, Gloria torturaría el corazón de una rendida alcachofa, mientras su acompañante se serviría las espesas y goteantes frases propias de todo hombre embelesado.