Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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Había sorpresa en su voz e interés en su expresión. Anthony se maldijo en silencio por habérselo dicho. Tendría que haber sabido que el orgullo de Gloria no se alimentaba con triunfos tan insignificantes. Ni siquiera entonces había adivinado la verdad: como nunca tenía que preocuparse por los hombres, Gloria usaba muy pocas veces los cautelosos subterfugios —el dar carrete para luego tirar otra vez del sedal— que constituían el repertorio habitual de sus hermanas las mujeres. Si le gustaba un hombre no necesitaba de ningún otro truco. Si creía que estaba enamorada de él… aquello significaba dar el último y definitivo tirón. Su mismo encanto se bastaba para protegerse indefinidamente a sí mismo.

—Tenía muchas ganas de verte —se limitó a decir—. Quería hablar contigo… quiero decir hablar de verdad, en algún sitio donde podamos estar solos. ¿Querrás?

—¿Qué quieres decir?

El pánico le hizo un nudo en la garganta. Anthony tuvo la impresión de que Gloria sabía lo que él quería.

—Me refiero a un sitio que no sea un salón de té —respondió.

—Bien, de acuerdo, pero hoy no. Quiero hacer algo de ejercicio. Vamos a dar un paseo.


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