Hermosos y malditos
Hermosos y malditos —Hace demasiado frÃo para pasear — explicó él, hablando muy deprisa para ocultar su turbación.
Gloria no dijo nada, y Anthony se preguntó si lo despedirÃa delante del hotel, pero entró sin pronunciar una palabra y solo al llegar al ascensor rompió brevemente su mutismo:
—Más vale que subas.
Anthony dudó durante una fracción de segundo.
—Quizá sea mejor que venga otro dÃa.
—Como quieras. —Aquellas palabras no pasaban de ser un comentario marginal. La primera preocupación de Gloria en aquel momento era arreglarse ante el espejo del ascensor algún mechón de pelo salido de su sitio. Las mejillas le brillaban y le resplandecÃan los ojos: a Anthony nunca le habÃa parecido tan encantadora, tan exquisitamente deseable.
Despreciándose a sà mismo, el joven Patch se encontró avanzando por el corredor del piso décimo a un respetuoso paso de distancia detrás de ella, y luego en la sala de estar, mientras Gloria desaparecÃa para deshacerse de las pieles. Algo habÃa salido mal: ante sus propios ojos Anthony habÃa perdido un jirón de dignidad; en un enfrentamiento no premeditado pero significativo, se habÃa visto completamente derrotado.