Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Sin embargo, para cuando Gloria reapareció en la sala de estar, Anthony, recurriendo a la sofÃstica, se habÃa explicado a sà mismo satisfactoriamente su propia conducta. Después de todo, pensó, habÃa dado una clara muestra de firmeza. QuerÃa subir, y eso era lo que habÃa hecho. Sin embargo, lo que sucedió a continuación aquella tarde hay que relacionarlo necesariamente con el sentimiento de indignidad que experimentara en el ascensor; la muchacha le estaba atormentando de forma tan intolerable que cuando salió, Anthony adoptó involuntariamente una actitud crÃtica.
—¿Quién es ese tal Bloeckman, Gloria?
—Un amigo de mi padre; han hecho negocios juntos.
—¡Un tipo extraño!
—Tampoco a él le gustas tú —dijo ella, con una repentina sonrisa.
Anthony se echó a reÃr.
—Me halaga que se haya fijado en mÃ. Evidentemente me considera un… —Se interrumpió para añadir—. ¿Está enamorado de ti?
—No lo sé.