Hermosos y malditos
Hermosos y malditos —No me digas que no lo sabes —insistió él—. Claro que lo está. Me acuerdo de la manera en que me miró cuando volvimos a la mesa la otra noche. Probablemente me hubiese hecho atacar discretamente por una delegación de rufianes de pelÃcula si no hubieras inventado aquella llamada telefónica.
—No le importó. Le conté después lo que habÃa sucedido realmente.
—¡Se lo contaste!
—Me lo preguntó.
—No me gusta nada todo eso —se quejó él.
Gloria volvió a reÃrse.
—No te gusta, ¿eh?
—¿Acaso es asunto suyo?
—En absoluto. Eso es lo que yo le dije.
Anthony, lleno de confusión, se mordió salvajemente el labio.
—¿Por qué tendrÃa que mentir? —preguntó ella sin rodeos—. No me avergüenzo de nada de lo que hago. Sucedió que le interesaba saber si te habÃa besado, y sucedió que yo estaba de buen humor, de manera que satisfice su curiosidad con un simple y preciso «sû. Como es un hombre más bien razonable, a su manera, no insistió en el asunto.
—Pero tuvo tiempo de decir que no le resulto simpático.