Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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En el momento presente, el joven Patch no estaba en condiciones de llevar a cabo aquel análisis. Su lucidez mental, todos aquellos inagotables recursos que creía haber adquirido mediante la ironía, habían desaparecido. No solo durante aquella noche sino durante los días y semanas que siguieron, sus libros no fueron más que muebles y sus amigos tan solo personas que vivían y deambulaban por un nebuloso mundo exterior del que él trataba de escapar: un mundo frío, azotado por vientos cortantes, y en el que, durante un rato, Anthony había visto el interior de la casa donde ardía un fuego que caldeaba el ambiente.

A eso de la medianoche empezó a darse cuenta de que tenía hambre. Bajó a la calle Cincuenta y dos, donde hacía tanto frío que apenas podía ver; la humedad se le helaba en las pestañas y en las comisuras de los labios. La tristeza lo había invadido todo desde el norte, instalándose en la descarnada y melancólica calle, donde bultos negros, aún más negros contra el fondo de la noche, se movían dando tumbos por las aceras, a través de los gemidos del viento, deslizando los pies hacia delante con tanta cautela como si caminaran sobre esquís. Anthony torció en dirección a la Sexta Avenida, tan absorto en sus pensamientos que no advirtió cómo varios transeúntes se lo quedaban mirando. Llevaba el abrigo completamente abierto, y el viento penetraba en su carne, violento e inmisericorde.


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