Hermosos y malditos
Hermosos y malditos … Al cabo de un rato una camarera le dirigió la palabra, una camarera gorda, con gafas de montura negra, de las que colgaba una larga cinta también negra.
—¡Haga el favor de decirme lo que quiere!
Su voz, pensó Anthony, resultaba innecesariamente alta. La miró con resentimiento.
—¿Va usted a pedir algo, sà o no?
—Claro que sà —protestó él.
—Pues ya se lo he preguntado tres veces. Esto no es una sala de espera.
Anthony descubrió, sobresaltado, que eran más de las dos en el voluminoso reloj de pared. Estaba en algún sitio por los alrededores de la calle Treinta y, al cabo de un momento, encontró y tradujo el CHILD’S en un semicÃrculo de letras blancas sobre la cristalera de la fachada. El local estaba muy escasamente habitado por tres o cuatro noctámbulos ateridos de frÃo.
—Tráigame huevos con jamón y café, haga el favor.
La camarera le lanzó una última mirada de desaprobación y, con el aspecto ridÃculamente intelectual que le daban sus gafas pendientes de una cinta, se alejó muy deprisa.