Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Pero la realidad más profunda por debajo de aquellos celos obscenos era que Anthony se había enamorado, que estaba profunda y verdaderamente enamorado, tal como se entiende esa expresión referida a un hombre y a una mujer.
El café que había pedido quedó depositado junto a su codo y durante cierto tiempo siguió humeando aunque de manera progresivamente más débil. El encargado del turno de noche, desde el mostrador, estuvo contemplando la figura inmóvil que se había quedado sola en la última mesa hasta que, lanzando un suspiro, se acercó a él en el momento preciso en que la manecilla de las horas cruzaba el número tres en el voluminoso reloj de pared.