Hermosos y malditos

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Prudencia

Al cabo de otro día el torbellino fue calmándose y Anthony empezó a recuperar cierta capacidad razonadora. Estaba enamorado… se repetía apasionadamente a sí mismo. Las cosas que una semana antes hubieran parecido obstáculos insuperables, tales como sus limitados ingresos, su deseo de independencia y de no tener responsabilidades, se habían convertido durante aquellas cuarenta horas en simple paja desmenuzada, incapaz de ofrecer resistencia al viento de su amor. Si no se casaba con Gloria su vida se convertiría en una insulsa parodia de su propia adolescencia. Para ser capaz de enfrentarse con la gente y soportar el constante recuerdo de Gloria en que se había convertido toda su existencia, era necesario que él tuviera esperanza. De manera que, desesperada y tenazmente, Anthony se dedicó a construirse una esperanza con la materia de sus sueños, una esperanza muy endeble, desde luego, una esperanza que se agrietaba y evaporaba una docena de veces al día, una esperanza protegida por una actitud burlona, pero que también estaba destinada a ser el músculo y el nervio de su nueva dignidad.

De todo esto surgió una chispa de prudencia, una verdadera percepción de sí mismo extraída de un pasado en el que nunca había hecho el menor esfuerzo.

«Todo se olvida», pensó.


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