Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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¡Cómo cabía pensar que la Sexta Avenida no fuese una calle segura! Anthony había renunciado al barbero del hotel Plaza y una mañana fue a la vuelta de la esquina para que le afeitaran; mientras esperaba a que le llegara el turno se quitó la chaqueta y el chaleco, y con el cuello blando abierto se quedó de pie cerca de la entrada de la peluquería. Aquel día era un oasis en el frío desierto del mes de marzo, y la acera había adquirido animación con una multitud de adoradores del sol que salían a pasear. Una robusta mujer tapizada de terciopelo, con unas mejillas colgantes que habían recibido demasiados masajes, pasó haciendo remolinos con su diminuto perro de aguas tirando de la cadena y produciendo el efecto de un remolcador que trae a puerto un transatlántico. Inmediatamente detrás de ella, un hombre con un traje azul a rayas, con polainas blancas sobre zapatos manchados de barro, sonrió al contemplar el espectáculo, y al captar la mirada de Anthony le hizo un guiño desde el otro lado del cristal. Anthony se echó a reír, inmediatamente identificado con esa actitud de ánimo en la que hombres y mujeres eran desgarbados y absurdos fantasmas grotescamente torcidos y redondeados en un mundo rectangular construido por ellos mismos, capaces de inspirar la misma sensación que esos extraños y monstruosos peces que habitan el esotérico mundo verde de los acuarios.



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