Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Su mirada se fijó casualmente en otros dos paseantes, un hombre y una muchacha; luego, en el breve espacio de un horroroso instante, la muchacha se transformó en Gloria. Anthony siguió allí, incapaz de hacer nada; los dos transeúntes se acercaron y Gloria, al mirar hacia el interior de la tienda, lo vio. Sus ojos se dilataron y le sonrió cortésmente. También sus labios se movieron. Se encontraba a menos de cinco pies de distancia.
—¿Qué tal? —murmuró Anthony estúpidamente.
¡Gloria feliz, hermosa, joven… con un hombre que él no había visto antes!
Fue entonces cuando se desocupó el sillón del barbero y Anthony leyó tres veces seguidas la misma columna del periódico.
El segundo incidente se produjo al día siguiente. Al entrar en el bar del hotel Manhattan tuvo que enfrentarse con Bloeckman. Dio la casualidad de que el local estaba casi vacío y antes del mutuo reconocimiento Anthony se había situado a menos de un pie de distancia del hombre de más edad y había pedido una bebida, de manera que inevitablemente tuvieron que entablar conversación.
—¿Qué tal, Mr. Patch? —dijo Bloeckman con tono bastante amable.
Anthony aceptó la mano que le ofreció e intercambió unas cuantas frases hechas sobre las fluctuaciones del mercurio.