Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Todos los modelos de automóviles más nuevos y más lujosos estaban en la Quinta Avenida, y ante ellos se alzaba el hotel Plaza, mucho más blanco y atractivo que de ordinario. Gloria, flexible e indolente, caminaba un poco por delante de Anthony dejando escapar comentarios inconexos que flotaban durante un momento en el aire cegador antes de llegar a sus oÃdos.
—¡Quiero ir al sur, a Hot Springs! — exclamó ella—. Quiero estar al aire libre y revolcarme en los nuevos brotes de hierba y olvidarme de que ha existido alguna vez el invierno.
—No se te ocurra hacerlo, ¿eh?
—Quiero oÃr a un millón de petirrojos haciendo un ruido insoportable. En cierta manera me gustan los pájaros.
—Todas las mujeres son pájaros —se aventuró a decir Anthony.
—¿De qué especie soy yo? —rápida e impaciente.
—Una golondrina, creo, y a veces un pájaro del paraÃso. La mayorÃa de las chicas son gorriones, claro… ¿ves esa fila de niñeras? Son gorriones… o ¿tal vez urracas? Y, por supuesto, seguro que conoces chicas-canario… y chicas-petirrojo.
—Y chicas-cisne y chicas-loro. Todas las mujeres maduras son halcones, me parece, o búhos.
—¿Qué soy yo… un buitre?