Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Aún faltaban cinco o seis años para que se pusiera de moda aquella manera de cortarse el pelo. Por entonces todavía se consideraba extraordinariamente atrevido.
—Fuera brilla un sol esplendoroso — dijo Anthony con mucha gravedad—. ¿No te apetece dar un paseo?
Gloria se puso un abrigo ligero y un sombrerito azul pálido exquisitamente seductor, y juntos recorrieron la avenida y entraron en el zoo, donde admiraron adecuadamente el tamaño del elefante y la longitud del cuello de la jirafa, pero no fueron a ver la jaula de los monos porque Gloria dijo que los monos olían muy mal.
Luego regresaron camino del Plaza, sin hablar de nada en particular, pero contentos de que la primavera cantase ya en el aire y agradecidos por el tibio bálsamo derramado sobre aquella ciudad que se había transformado repentinamente en dorada. A su derecha quedaba el parque, y, a su izquierda, una enorme masa de granito y mármol murmuraba monótonamente a quien quisiera escucharle el caótico mensaje de un millonario: algo parecido a «Trabajé y ahorré y fui más listo que todo el mundo y aquí estoy ahora, ¿qué les parece?».