Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Y un dÃa de la quinta semana le telefoneó. Anthony habÃa estado en su apartamento tratando de leer L’Éducation sentimentale, y algo del libro habÃa hecho que sus pensamientos se escaparan a toda velocidad en la dirección que tomaban siempre cuando se les dejaba en libertad, como caballos que corrieran hacia el establo. Con respiración súbitamente acelerada, el joven Patch se dirigió al teléfono. Cuando repitió el número de Gloria tuvo la impresión de que su voz vacilaba y se quebraba como la de un colegial. La telefonista oyó sin duda los violentos latidos de su corazón. El sonido del auricular al ser descolgado al otro extremo de la lÃnea fue como si hubiese llegado el dÃa del juicio Final, y la voz de mistress Gilbert, tan suave como jarabe de arce cayendo en un tarro de cristal, encerraba para Anthony un extraño componente de horror al contestarle con su habitual «¿Diga?».
—Miss Gloria no se encuentra bien. Está echada, durmiendo. ¿Quién tengo que decirle que ha llamado?
—¡Nadie! —gritó Anthony.
Presa del pánico colgó bruscamente el auricular; y luego se dejó caer en su sillón, empapado en el sudor frÃo de una intensÃsima sensación de alivio.
La primera cosa que le dijo fue: «¡Vaya, te has dejado el pelo muy corto!», y ella contestó: «SÃ, ¿no es estupendo?».
