Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Sin embargo, mistress Gilbert, con mucha delicadeza, se habÃa declarado sorprendida e inmensamente feliz; sin duda lo era; como también les sucedÃa a los geranios que florecÃan en los maceteros de las ventanas, y a los cocheros cuando los amantes buscaban la romántica intimidad de los cabriolés —original estratagema—, y los serios menús de los restaurantes en los que garrapateaban «Sabes que sû para pasárselos luego el uno al otro.
Pero entre besos, Anthony y la muchacha de dorados cabellos se peleaban incesantemente.
—Espera, Gloria —exclamaba él—, por favor, déjame que te lo explique.
—No me lo expliques. Bésame.
—Me parece que no está bien. Si digo cosas que te molestan, debemos discutirlas. No me gusta eso de besarse y olvidarlo.
—Pero es que yo no quiero discutir. Me parece maravilloso que podamos besarnos y olvidarlo; cuando no podamos hacerlo habrá llegado el momento de discutir.