Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Restablecida la paz, los momentos que seguían eran mucho más dulces e intensos. Anthony y Gloria eran las estrellas en aquel escenario, ambos representando para un público compuesto tan solo por ellos dos: la fuerza del fingimiento creaba la realidad. Allí se producía, finalmente, la quintaesencia de la autoexpresión, aunque era probable que, en gran parte, su mutuo amor sirviera más de expresión a Gloria que a Anthony. A menudo el joven Patch se sentía como un huésped apenas tolerado en una fiesta dada por ella.
Informar a mistress Gilbert resultó un asunto embarazoso. La madre de Gloria permaneció inmóvil en una silla, escuchando con una especie de intenso recogimiento lleno de parpadeos. Sin duda tenía que estar enterada: Gloria no había visto a ningún otro hombre por espacio de tres semanas, y en ese tiempo mistress Gilbert no podía por menos de haber notado una profunda diferencia en la actitud de su hija. Había recibido de manos de Gloria cartas urgentes para echar el correo, y había escuchado —como todas las madres parecen hacerlo— las expresiones de su hija en las conversaciones telefónicas de los dos, expresiones decididamente cariñosas a pesar de su discreción…