Hermosos y malditos

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Apogeo

Una tarde lograron instalarse en los asientos delanteros de la soleada imperial de un autobús y pasearon durante horas por la orilla del río Hudson empezando en Times Square; luego, cuando los últimos rayos del sol abandonaban ya las calles de la zona oeste, regresaron en dirección a la Quinta Avenida, oscurecida por los ominosos enjambres de abejas que salían de los grandes almacenes. El tráfico estaba detenido en un atasco donde todo era confusión, y donde los autobuses, agrupados de cuatro en fondo como plataformas sobre la multitud, esperaban el gemido de los silbatos.

—¿No es estupendo? —exclamó Gloria—. ¡Mira! El carro de un molinero, completamente blanco a causa de la harina y conducido por un payaso también enharinado, cruzó por delante de ellos, tirado por un caballo blanco y por su pareja, de color negro.

—¡Qué pena! —sé lamentó Gloria—, quedarían preciosos en el crepúsculo si los dos fuesen blancos. En este momento, y en esta ciudad, me siento extraordinariamente feliz.

Anthony manifestó su desacuerdo con un movimiento de cabeza.

—Creo que la ciudad es una embaucadora. Siempre luchando por acercarse a la tremenda e impresionante urbanidad que se le atribuye. Tratando de ser románticamente metropolitana.


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