Hermosos y malditos
Hermosos y malditos —Yo no lo veo asÃ. Creo que es de verdad impresionante.
—Tan solo en apariencia, reconócelo; en el fondo es un espectáculo artificial, sin ninguna profundidad. Tiene estrellas, con sus agentes de publicidad y sus frágiles decorados que no duran nada, y he de reconocerlo, el mayor ejército de comparsas jamás reunido… —Hizo una pausa, rio brevemente y añadió—: Técnicamente válido, quizá, pero nada convincente.
—Estoy segura de que los policÃas piensan que la gente es estúpida —dijo Gloria reflexivamente, mientras contemplaba cómo un guardián del orden público ayudaba a cruzar la calle a una señora tan voluminosa como cobarde—. Para ellos la gente son siempre personas asustadas, incompetentes y viejas… y de hecho lo son —añadió. Y enseguida—: Será mejor que nos bajemos. Le dije a mi madre que cenarÃa pronto y me acostarÃa. Dice que tengo aspecto de estar cansada, ¡qué rabia!
—Quisiera que estuviéramos casados — murmuró Anthony con sobria entonación—; no tendrÃamos que darnos las buenas noches y harÃamos lo que nos viniera en gana.
—SerÃa estupendo, ¿verdad? Tenemos que viajar mucho. Quiero ir al Mediterráneo y a Italia. También me gustarÃa trabajar en el teatro… cosa de un año, más o menos.