Hermosos y malditos
Hermosos y malditos —Claro que sÃ. Y yo escribiré una obra para ti.
—¡SerÃa estupendo! Conmigo de protagonista. Y luego, cuando tengamos más dinero —siempre se aludÃa a la muerte del viejo Adam con mucha discreción—, construiremos una magnÃfica propiedad, ¿no es cierto?
—SÃ, claro, con piscinas privadas.
—Docenas de piscinas. Y rÃos privados. Quisiera poder hacerlo ya.
Curiosa coincidencia… Anthony habÃa estado deseando lo mismo. Se sumergieron como buceadores en la oscura multitud arremolinada y reaparecieron en las tranquilas calles cincuenta para dirigirse hacia el Plaza paseando indolentemente, infinitamente románticos el uno para el otro… cada uno de ellos avanzando a solas por un sereno jardÃn con un fantasma hallado en un sueño.