Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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Días de felicidad como botes que se dejan arrastrar por ríos de corriente lenta; noches de primavera llenas de una quejumbrosa melancolía que convertía el pasado en algo hermoso y amargo que los obligaba a volver la vista atrás y a ver que los amores de otros veranos habían muerto con los olvidados valses de aquellos años. Disfrutaban sus momentos de mayor plenitud cuando alguna barrera artificial los mantenía separados: en el teatro sus manos se movían a hurtadillas para unirse y transmitir suaves presiones mientras la sala permanecía a oscuras; en habitaciones abarrotadas formaban palabras con los labios para que las aceptaran los ojos del otro, sin darse cuenta de que no hacían más que seguir los pasos de otras generaciones convertidas ya en polvo pero comprendiendo vagamente que si la verdad es el fin de la vida, la felicidad es uno de sus modos, y que hay que amarla y protegerla durante el breve y trémulo momento de su existencia. Luego, en una noche de hadas, mayo se convirtió en junio. Solo quedaban dieciséis días… quince… catorce…

Tres digresiones

Inmediatamente antes de anunciar el compromiso, Anthony se había trasladado a Tarrytown para ver a su abuelo, que — cada vez un poco más grisáceo y acartonado a medida que el tiempo le jugaba sus últimas malas pasadas— recibió la noticia con profundo cinismo.


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