Hermosos y malditos
Hermosos y malditos —De manera que vas a casarte, ¿eh? —Pero lo dijo con tan ambigua benignidad y movió la cabeza tantas veces arriba y abajo que Anthony no se sintió deprimido en absoluto. Aunque no estaba al tanto de las intenciones de su abuelo, imaginaba que una gran parte de su dinero serÃa para él, aunque el anciano destinara una buena cantidad a obras de beneficencia, y otra parte importante sirviera para continuar la tarea de reformar a la humanidad—. ¿Vas a trabajar?
—Por supuesto —contemporizó Anthony, algo desconcertado—. Estoy trabajando. Ya sabes que…
—Me refiero a trabajar —dijo Adam Patch frÃamente.
—No estoy completamente seguro de lo que haré. No puede decirse que sea exactamente un mendigo, abuelo —afirmó con cierto brÃo.
El anciano meditó acerca de aquello con los ojos medio cerrados. Luego preguntó, casi como pidiendo disculpas:
—¿Cuánto ahorras al alÃo?
—Hasta ahora nada…
—Asà que a pesar de tener tan solo lo justo para vivir, has decidido que milagrosamente vais a poder sobrevivir los dos con la misma cantidad.
—Gloria tiene algún dinero suyo. Lo suficiente para comprarse ropa.
—¿Cuánto?