Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Sin considerar impertinente aquella pregunta, Anthony la respondió.
—Unos cien dólares al mes.
—Eso hace en total unos siete mil quinientos al año. —Luego añadió suavemente—: TendrÃa que bastaros. Si tienes un mÃnimo de sentido común tendrÃa que bastaros. Pero el problema es saber si lo tienes.
—Imagino que sÃ. —Era vergonzoso verse obligado a soportar aquellas piadosas amonestaciones del anciano, y las palabras que Anthony pronunció a continuación tuvo que apuntalarlas con vanidad—. Puedo arreglármelas muy bien. Parece que estás convencido de que soy un completo inútil. En cualquier caso, solo he venido a decirte que voy a casarme en junio. Buenas tardes. — Después de decir esto se dio la vuelta, dirigiéndose hacia la puerta, sin advertir que en aquel instante, y por vez primera, su abuelo lo miraba afectuosamente.
—¡Espera! —exclamó Adam Patch—. Quiero hablar contigo.
Anthony se dio la vuelta.
—¿De qué se trata?
—Siéntate. Quédate a pasar la noche.
Un tanto ablandado, Anthony volvió a ocupar su asiento.
—Lo siento, pero he quedado en ver a Gloria esta noche.
—¿Cómo se llama?