Hermosos y malditos
Hermosos y malditos De nuevo en su apartamento después de la cena de esponsales, Anthony apagó las luces y, sintiéndose tan impersonal y frágil como un objeto de porcelana que espera sobre una mesa de servir, se acostó. Era una noche cálida —una sábana bastaba para cubrirse— y a través de las ventanas completamente abiertas le llegaban sonidos evanescentes y veraniegos, cargados de remotas esperanzas. Pensaba que durante los años juveniles que quedaban ya a sus espaldas, superficiales y llenos de colorido, él habÃa vivido con fácil cinismo, un poco vacilante, alimentándose de las emociones —conservadas por escrito— de hombres reducidos a polvo largo tiempo atrás. Pero habÃa otras cosas además de aquello; ahora lo sabÃa ya. ExistÃa la unión de su alma con la de Gloria, cuyo fuego radiante y cuya frescura eran el material vivo con que estaba hecha la muerta belleza de los libros.