Hermosos y malditos
Hermosos y malditos —¡Dios mÃo! —exclamó el joven Patch, conteniendo bruscamente la respiración.
Escondiendo la cabeza debajo de la almohada trató en vano de concentrarse en los detalles del dÃa siguiente.
Iluminado por una luz grisácea, descubrió que no eran más que las cinco. Anthony lamentó, lleno de nerviosismo, haberse despertado tan pronto: tendrÃa aspecto cansado durante la boda. Sintió envidia de Gloria, que podÃa ocultar la fatiga maquillándose con cuidado.
Se contempló a sà mismo en el espejo del cuarto de baño y vio que estaba anormalmente pálido; media docena de pequeñas imperfecciones destacaban sobre la blancura matutina de su cutis y durante la noche le habÃa crecido la débil sombra de una barba. El efecto general, supuso, era muy poco atractivo, como de persona ojerosa, casi de enfermo.
