Hermosos y malditos

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Las visitas al agente de bolsa oscilaban entre las charlas de contenido semisocial a los análisis sobre la conveniencia de las inversiones al ocho por ciento, y Anthony siempre disfrutaba con ellas. El edificio del gran banco comercial parecía enlazarle de manera muy definida con las grandes fortunas cuya solidez tanto respetaba Anthony, asegurándole que se hallaba adecuadamente tutelado por la alta jerarquía de las finanzas. Aquellos hombres siempre apresurados le producían la misma sensación de seguridad que la contemplación del dinero de su abuelo, incluso más, porque este último daba vagamente la impresión de ser un préstamo, pagadero a la demanda, que el mundo había hecho a la rectitud moral de Adam Patch, mientras que el dinero de aquellas grandes empresas financieras parecía haber sido conseguido y retenido a base de pura fuerza indomable y tremendas proezas de la voluntad; además, parecía más definida y explícitamente… dinero.

A pesar de que Anthony iba siempre pisando los talones a sus ingresos, los consideraba suficientes para sus necesidades. Estaba claro que algún día dispondría de muchos millones; mientras tanto poseía una raison d’être en la teórica creación de ensayos sobre los papas del Renacimiento. Esto nos obliga a volver a la conversación mantenida con su abuelo inmediatamente después de su vuelta de Roma.


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