Hermosos y malditos

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Anthony albergaba la esperanza de encontrar muerto al anciano, pero al telefonear desde el muelle descubrió que Adam Patch se hallaba de nuevo relativamente bien; al día siguiente, ocultando su desilusión, Anthony se trasladó a Tarrytown. A cinco millas de la estación su taxi se introdujo por una carretera privada perfectamente cuidada, que atravesaba un verdadero laberinto de vallas y alambradas para proteger la finca; la gente decía que esto era debido a que se tenía la seguridad de que si los socialistas se hacían con el poder, uno de los primeros hombres que asesinaran sería el viejo Cross Patch.

Anthony llegó tarde, y el venerable filántropo lo esperaba en un solario con paredes de cristal, donde hojeaba los periódicos de la mañana por segunda vez. Su secretario, Edward Shuttleworth — que antes de su regeneración había sido jugador, tabernero y réprobo en el sentido más general de la palabra—, lo hizo entrar en la habitación, mostrando a su redentor y benefactor como si estuviera exhibiendo un tesoro de valor incalculable.

Nieto y abuelo se estrecharon la mano solemnemente.

—Me alegro muchísimo de saber que está usted mejor —dijo Anthony.

El anciano, con aire de haber visto a su nieto la semana anterior, sacó el reloj de bolsillo.


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