Hermosos y malditos
Hermosos y malditos —¿TraÃa retraso el tren? —preguntó apaciblemente.
Le irritaba que Anthony le hubiese hecho esperar. Se hacÃa la ilusión no solo de que en su juventud habÃa resuelto todos sus asuntos de Ãndole práctica con la más absoluta escrupulosidad, hasta el punto de no llegar nunca tarde a ninguna cita, sino de que ello habÃa sido la causa directa y primaria de su éxito.
—Este mes ha llegado muchas veces con retraso —hizo notar, con tono de voz vagamente acusador; luego añadió, después de un largo suspiro—: Siéntate.
Anthony contempló a su abuelo con el tácito asombro que siempre le deparaba su presencia. Que aquel anciano débil y poco inteligente poseyera un poder tal que, a pesar de la oposición de los periódicos sensacionalistas, en White Plains no abundasen las almas que él no pudiera comprar, directa o indirectamente, parecÃa tan imposible de creer como que en otro tiempo hubiese sido un bebé sonrosado.