Hermosos y malditos

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—Claro, lo entiendo perfectamente — dijo el recepcionista con loable tacto—; a mí me pasa lo mismo a veces.

La puerta se cerró, se apagaron las luces, Anthony cruzó la habitación sin hacer ruido y se metió en la cama. Gloria, fingiendo estar medio dormida, dejó escapar un suspiro y se deslizó entre sus brazos.

—¿Qué era eso, cariño?

—Nada —contestó él con voz todavía insegura—; pensé que había alguien en la ventana, así que fui a mirar, pero no vi a nadie, y como seguía el ruido llamé a recepción. Siento haberte molestado, pero es que esta noche estoy muy nervioso.

Al advertir la mentira, Gloria se sobresaltó interiormente… Anthony no se había asomado a la ventana, ni siquiera acercado a ella. Se había limitado a quedarse junto a la cama y a pedir ayuda acto seguido.

—Ah —dijo ella; y a continuación—: Tengo mucho sueño.

Durante una hora permanecieron despiertos uno al lado del otro, Gloria con los ojos cerrados y los párpados tan apretados que se formaban en su interior lunas azules girando sobre un fondo malva muy oscuro, y Anthony mirando sin ver la oscuridad que se espesaba por encima de sus cabezas.


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