Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Al encenderse las luces, Gloria se cubrió con una sábana para no ser vista, cerrando al mismo tiempo los ojos para mantener a distancia el horror de aquella inesperada visita. Para su maltrecha sensibilidad el único hecho cierto era que Anthony habÃa cometido una falta deplorable.
… El recepcionista estaba hablando desde la ventana, con tono mitad de criado y mitad de profesor que riñe a un alumno.
—No hay nadie ahà fuera —declaró con total convicción—; ¡caramba!, no puede estar nadie ahà fuera. Hay cincuenta pies de distancia hasta la calle. Lo que usted ha oÃdo ha sido el viento moviendo la persiana.
—Ah.
Entonces Gloria se compadeció de él. Solo deseaba consolarlo, rodearlo tiernamente con sus brazos y decirles a los otros que se fueran, porque su presencia allà tenÃa un significado que le resultaba odioso. Pero se sentÃa demasiado avergonzada para levantar la cabeza. Desde su refugio oyó balbucear una frase, disculpas, palabras protocolarias del recepcionista y la risita descarada de uno de los botones.
—He estado muy nervioso toda la tarde —decÃa Anthony—; por alguna razón ese ruido me ha sobresaltado… solo estaba medio despierto.