Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Gloria se quedó muy quieta, completamente despierta otra vez e interesada no tanto en el ruido como en la rÃgida figura jadeante cuya voz trataba de penetrar la ominosa oscuridad desde el borde de la cama.
Cesó el ruido; la habitación volvió a quedar tan en silencio como antes… hasta que el teléfono recogió el torrente de palabras que salÃa de la boca de Anthony.
—¡Alguien acaba de intentar entrar en la habitación…!
¡Hay alguien junto a la ventana! —Su voz era enérgica ya, aunque vagamente aterrorizada.
¡De acuerdo! ¡Dense prisa! —Después de colgar el auricular, Anthony siguió inmóvil en el mismo sitio.
… Se oyó ruido de gente agolpada junto a la puerta y luego unos nudillos que golpeaban sobre la madera. Anthony fue a abrir, y en el umbral apareció la excitada figura de un recepcionista y de tres botones agrupados a su espalda. Entre pulgar e Ãndice el recepcionista sostenÃa una pluma mojada en tinta como si fuese un arma amenazadora; uno de los botones habÃa cogido una guÃa telefónica y la contemplaba tÃmidamente. Al mismo tiempo se incorporó al grupo el detective del hotel, convocado a toda prisa, y todos al unÃsono entraron en la habitación.