Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Ir a los brazos de Gloria tenÃa un sentido muy preciso. RequerÃa que Anthony deslizara un brazo bajo su hombro y que la rodeara con el otro, colocándose todo lo más posible como una especie de cuna con tres lados para mayor comodidad de su mujer. Anthony, que se revolvÃa inquieto en la cama, y a quien se le dormÃan los brazos después de media hora en aquella posición, esperaba a que Gloria se durmiera y entonces la hacÃa girar suavemente hasta colocarla en su lado de la cama; luego, abandonado a sus propios recursos, se acurrucaba en una de sus difÃciles posturas habituales.
Gloria, conseguido el bienestar sentimental, volvió a su somnolencia. Pasaron cinco minutos según el reloj de viaje regalo de Bloeckman; el silencio se habÃa adueñado de toda la habitación, desde los muebles extraños e impersonales al techo un tanto opresivo que se fundÃa imperceptiblemente con las invisibles paredes a ambos lados. Luego se produjo una repentina vibración en la ventana, un sonido fuerte y entrecortado en el aire inmóvil.
Anthony abandonó la cama de un salto, todo su cuerpo en tensión.
—¿Quién anda ah� —exclamó con voz terrible.