Hermosos y malditos

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Este rasgo se manifestó primero en una docena de incidentes que apenas iban más allá del nerviosismo: la amonestación a un taxista en Chicago por conducir a demasiada velocidad; su negativa a llevar a Gloria a cierto café de mala fama que ella siempre había querido conocer; cabía, por supuesto, dar a estos hechos una interpretación convencional, y explicarlos como ejemplos de su preocupación por la seguridad personal de Gloria; sin embargo, su peso acumulado resultaba opresivo. Y algo que sucedió en un hotel de San Francisco cuando llevaban casados una semana, bastó para corroborar todos los temores previos.

Era después de medianoche y la habitación se hallaba completamente a oscuras. Gloria se estaba adormeciendo y cuando el acompasado respirar de Anthony a su lado le hacía suponer que dormía, lo vio incorporarse repentinamente sobre un codo y fijar la vista en la ventana.

—¿Qué sucede, cariño? —murmuró Gloria.

—Nada. —Anthony se volvió hacia ella, después de reclinar otra vez la cabeza sobre la almohada—. Nada, mi queridísima esposa.

—No me llames «esposa». Soy tu amante. ¡Esposa es una palabra tan fea! Tu «amante permanente» es algo mucho más tangible y deseable… Ven a mis brazos —añadió, en un impulso de ternura—; ¡duermo tan bien cuando te tengo entre mis brazos!


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