Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Fue aquel, sobre todo, un período de descubrimientos. Las cosas que cada uno descubrió del otro eran tan diversas, tan entremezcladas y, sobre todo, tan endulzadas con amor que, más que descubrimientos, les parecieron, en su momento, fenómenos aislados, con los que había que contar para olvidarlos acto seguido. Anthony descubrió que estaba viviendo con una chica de tremenda tensión nerviosa y del más arbitrario egoísmo. En el espacio de un mes, Gloria supo de la cobardía de su marido frente a un millón de fantasmas creados por su propia imaginación. Lo fue advirtiendo de manera discontinua, porque después de salir a la luz hasta resultar casi obscenamente evidente, la cobardía se difuminaba y desaparecía como si tan solo hubiese sido producto de su imaginación. La reacción de Gloria no fue la que habitualmente se atribuye al sexo débil: no despertó su repugnancia ni un prematuro sentimiento maternal. Como ella era casi por completo inmune al miedo físico, le resultaba imposible entenderlo, y procuró sacar el mayor partido posible de lo que consideraba el aspecto positivo de aquellos miedos, ya que si bien Anthony era cobarde cuando recibía un susto o estaba sometido a tensión —por entrar en juego su fantasía—, también poseía una especie de deslumbrante temeridad que en algunos breves momentos hacía que Gloria casi lo admirara, y un orgullo que habitualmente le permitía conservar la calma cuando se creía observado.