Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Él, por su lado, no se daba cuenta al principio de que esto era resultado, en parte, de su educación «femenina» y en parte de su belleza, y se sentía inclinado a considerarla, junto al resto de las mujeres, como una criatura de muy singulares y definidas limitaciones. Le enfurecía que careciese por completo de sentido de la justicia. Pero Anthony acabó descubriendo que cuando un tema le interesaba, el cerebro de Gloria tardaba más en fatigarse que el suyo. Lo que sobre todo echaba de menos en su mente era cierta pedante teleología: el sentido del orden y de la precisión, el sentido de la vida como una pieza de rompecabezas con misteriosas correlaciones; pero después de cierto tiempo comprendió que, en ella, semejante cualidad hubiese sido una incongruencia.
El más grande de los dones que poseían en común era su casi extraña habilidad para llegar al corazón del otro. El día que se marcharon del hotel de Coronado, Gloria se sentó en una de las camas mientras estaban haciendo las maletas y empezó a llorar amargamente.
—Querida… —Anthony la rodeó con sus brazos y le hizo reclinar la cabeza sobre el hombro—. ¿Qué te sucede? Cuéntamelo.
—Nos vamos —sollozó ella.