Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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—No te olvides —le advirtió con evidente nerviosismo— de lo que dijo el hombre de la tienda: no debemos ir a más de veinte por hora durante las primeras cinco mil millas.

Gloria hizo un breve gesto de asentimiento con la cabeza, pero —sin duda con la intención de cubrir la distancia mencionada en el menor tiempo posible— aumentó levemente la velocidad. Unos instantes después, Anthony hizo otro intento.

—¿Ves ese cartel? ¿Es que quieres que nos detengan?

—¡Anthony, por el amor del cielo! — exclamó Gloria, exasperada—. ¡Siempre lo exageras todo!

—Bueno, no quiero que me detengan, eso es todo.

—¿Quién te ha detenido? ¿Por qué te pones tan pesado? Como anoche, con mi medicina para la tos.

—Era por tu propio bien.

—¡Ja! Es como seguir viviendo con mi madre.

—¿Te parece bien decirme esas cosas?

Un policía surgió bruscamente ante ellos para ser sobrepasado instantes después.

—¿Lo has visto? —preguntó Anthony.

—¡Me estás volviendo loca! ¿Acaso nos ha detenido?

—Cuando lo haga será demasiado tarde —contrarrestó Anthony brillantemente.


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