Hermosos y malditos
Hermosos y malditos La réplica de Gloria fue desdeñosa, casi como si se sintiera ofendida.
—¡Vaya, este cacharro viejo no va a más de treinta y cinco!
—No es viejo.
—Lo es en espÃritu.
Aquella tarde el automóvil se unió a la ropa sucia y a las costumbres alimenticias de Gloria para completar una trinidad de puntos de fricción. Anthony le advirtió sobre las vÃas del ferrocarril; le señaló los coches que se acercaban, y, finalmente, insistió en recuperar el volante, y una Gloria furiosa y ofendida permaneció en silencio a su lado entre Larchmont y Rye.