Hermosos y malditos

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Pero gracias a este furioso silencio de Gloria la casa gris llegó a materializarse, porque, nada más atravesar Rye, Anthony se declaró vencido y volvió a cederle el volante. Ante su muda súplica, Gloria —inmediatamente recuperado el buen humor— prometió conducir con más cuidado. Pero debido a que un tranvía descortés insistía sin la menor consideración en permanecer sobre sus raíles, Gloria torció por una calle lateral, y aquella tarde ya no fue capaz de encontrar el camino de vuelta a Post Road. La calle con la que en última instancia la confundieron perdió su aspecto de Post Road cinco millas más allá de Cos Cob. El asfalto se convirtió en grava y luego en tierra, y la calzada, cada vez más estrecha, llegó a adquirir una linde de arces, por entre cuyas hojas se filtraba el sol del oeste, repitiendo sus interminables experimentos de dibujos de sombras sobre las hierbas altas.

—Nos hemos perdido —se quejó Anthony.

—¡Lee ese cartel!

—«Marietta, Cinco Millas». ¿Qué es Marietta?

—No lo he oído nunca, pero será mejor seguir. Aquí no podemos dar la vuelta y probablemente habrá una desviación para coger otra vez Post Road.


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